Que sí, que sí, lo que yo te diga. El refranero miente. ¿Te sabes ese de "No por mucho madrugar amanece más temprano"? Pues no es cierto: a mi sí me amanece antes. Me explico.

De ordinario me despierto a eso de las siete para llegar a la oficina a las ocho y media. Pero claro, una cosa es despertarme y otra salir de la cama, así que normalmente no me muevo hasta las casi ocho, salvo para apagar las repeticiones del despertador, por lo que salgo espitado y sin haber hecho nada. No puedo evitarlo, me viene por herencia materna.

Sin embargo ayer, no sé por qué, se me ocurrió adelantar el despertador a las 6:30. ¿El resultado? Pues que antes de las ocho menos cuarto estaba sentado en la cama, ya hecha, vestido, desayunados (yo y el gato) y mirándome en el espejo de la puerta del armario, mientras Juan Ramón Lucas comentaba las portadas de los diarios por la radio. Y eso que me lo he tomado con tranquilidad.

Cosa curiosa es que estoy deseando repetirlo. Lo que pasa es que terminaré acostumbrándome y levantándome de la cama a las ocho, otra vez.